El  de junio es el día Internacional del parto en casa. Sin obviar el milagro que supone dar a luz, esta celebración me hace recapacitar sobre cómo muchas mujeres han vivido y viven el parto. Más precisamente me refiero a si las mujeres pueden decidir cómo recibir a sus hijos. Me pregunto si el deseo de parir en casa es el resultado de un proceso de elección personal que se da tras estudiar diversas posibilidades presentadas por los profesionales que supervisan el embarazo o si es una vía que algunas mujeres toman en soledad y apoyadas únicamente por su propia determinación. De una época en la que las mujeres debían obligatoriamente preparar su parto en casa, hemos pasado a una época en la que pareciera que no existe esta opción. Y yo me pregunto, ¿en qué momento parir en casa dejó de ser una opción? En el eco de esta pregunta, no puedo desoír la siguiente que se forma en mi mente, ¿Fui libre de elegir donde recibir a mí bebe? ¿Tuve la opción de dar a luz en casa o fui inducida a hacerlo en el hospital por ser esto la norma? ¿Haría lo mismo hoy que hice entonces?

La tasa de mortalidad infantil es uno de los factores utilizados para medir el nivel de desarrollo de un país. Cuanto mayor sea el acceso a una asistencia médica de calidad, menos riesgos vivirán las mujeres embarazadas y mayor la seguridad que tendrán en sus partos. De ahí el desarrollo. Parece una ecuación simple, no obstante, y siempre desde mi experiencia, no puedo evitar pensar que hay una deshumanización en la visión que se le da al parto y como éste se plantea desde las primeras consultas médicas que la mayoría de las mujeres españolas que acudimos a la Seguridad Social tenemos. Me pregunto entonces, ¿la nacionalidad puede determinar si se cuenta o no con opción al parto en casa? En países como Holanda, Finlandia y Gran Bretaña siempre que no exista una situación de riesgo para la madre o para el bebé, existirá la opción del parto en casa y será discutida por parte de los profesionales. Se entiende que es la mejor opción para la madre, dado que ella tendrá la posibilidad de tomar control y preparar la llegada de su bebé. Existen además estudios que determinan que tanto la recuperación de la madre como el riesgo de infección de ésta o del bebe, se minimizan al no producirse un parto en el hospital. Es decir, las mujeres en estos países que acuden a servicios de salud públicos reciben información y opciones. Están empoderadas dado que pueden ejercer su poder de elección. Cierto es que en varios de estos países, y otros de nuestro contexto geográfico inmediato, la asistencia que se recibe en una maternidad pública no tiene el mismo estándar de calidad o las mismas prestaciones en cuento a la gratuidad de los servicios. Nuestra asistencia sanitaria es muy buena. No debemos en ningún caso menospreciarla. Sin embargo, con relación a cómo se pare la falta de opción en España es un hecho. ¿Alguien ha recibido información sobre partos en casa en alguna de sus citas con su ginecólogo o matrona? ¿Siquiera una mención al respecto? En España el parto se considerado un acto primariamente fisiológico-anatómico que es competencia médica y no un acto humano competencia de la mujer. Como tal, este acto está reglado por protocolos diseñados para que todas por igual, como si todas las mujeres fuésemos iguales, respondamos de mismo modo e mismo ritmo en un ambiente que nada tiene de familiar o de cercano, menos aún de natural. Pero en España está claro, se pare en un hospital, no en casa.

 

Esta ha sido mi experiencia y este es el recuerdo de cómo lo he vivido. El mío fue un embarazado considerado de bajo riesgo. No había ninguna condición médica previa. Contaba con una pareja estable. Mi compañero vivió con alegría mi embarazo. Al igual que mi familia, con la que decidimos pasar mis últimas semanas de gestación en un pueblo en el interior de Cáceres que si bien no brindaba las prestaciones sanitarias ideales, por familiar y conveniente era nuestra mejor opción. Si bien el mío era un embarazo de bajo riesgo los primeros meses estuvieron marcados por interminables sesiones matutinas de vómitos que no cesaron hasta pasados los tres primeros meses. Por ello, ahora en retrospectiva, percibo que no sólo me sentía debilitada y falta de fuerzas, sino especialmente sensible.

De entre los diferentes profesionales médicos que fui conociendo durante mi embarazo, primero recuerdo a mi matrón. Quizá sea el primero de la lista precisamente por ser hombre. Era muy amable, padre de tres hijos y muy atento. Nos explicaba todo al detalle, mostrando paciencia y sin límites aparentes de tiempo. La prisa no existía en sus consultas. Nos invitó, a mí y a mi pareja a realizar el curso que él mismo organizaba e impartía junto con otra matrona preparando a las futuras mamás al parto. Lo recuerdo con especial cariño. Sin embargo, nunca mencionó ninguna otra posibilidad que no fuera dar a luz en el hospital. Tampoco tuvimos ningún tipo de conversación en la que la palabra opción y parto estuvieran en la misma frase. De hecho recuerdo su discurso sobre las diferencias que se daban entre los hospitales de la región. En sus propias palabras, las carencias de cada hospital podrían determinarían mi parto. No obstante, me consta que él no es quien marca la pauta en este respecto. Era él quien organizaba las citas con los especialistas que debían supervisar mi embarazado y preparar mi parto. En una de estas citas me hablaron de la prueba preparatoria para la administración de la anestesia epidural. Recuerdo claramente comunicar mi rechazo al uso de tal práctica. Para mí estaba claro, no había siquiera necesidad de hacerme ninguna prueba. Sin embargo, trataron de persuadirme para que al menos me hiciera el estudio previo, para, después llegado el momento, decidir in situ. No lo hice. De la misma forma, no quise hacerme la prueba de la punción. Tenía claro que viniera como viniera, mi hijo era mío y como tal, yo lo querría. Sí que hice todas las demás pruebas típicas, análisis sanguíneo, ecografías, etc, y todo indicaba que el mío era un embarazo de bajo riesgo. Todo iba bien. Felices con estas noticias, con la complicidad de mi pareja, me dediqué a disfrutar de mi embarazo.

Finalmente, una semana antes de salir de cuentas me puse de parto. Al llegar al hospital me dijeron que tenía que esperar en planta porque estaba todavía en una fase muy inicial. Me recomendaron que me moviera y yo los escuché. Caminé muchísimo por los pasillos. Recuerdo cruzarme con un sinfín de personas. Recuerdo sus caras al mirarme. No me sentía en absoluto cómoda, eran desconocidos. Yo trataba de concentrarme en ser activa y caminar, para ayudar en el proceso, pero las contracciones llegaban sin anuncio previo en cualquier momento, en cualquier lugar y claro, delante de cualquiera. Esas contracciones eran dolorosas, pero lo peor es que me hacían sentir muy vulnerable. En realidad nunca no me había sentido tan frágil y vulnerable en mi vida. Tras una visita del equipo me trasladaron al paritorio donde me esperaban unas diez personas a las que no había visto hasta entonces. La sensación de fragilidad y vulnerabilidad no hizo sino crecer. Esto no impidió que rompiera aguas de manera natural, tras lo cual se me mencionó, por primera vez, que contaba con un límite de tiempo para completar mi dilatación y con ello tener un parto vaginal natural según el protocolo establecido. De no conseguirlo tendrían que practicarme una cesárea. Tras este anuncio, me dejaron a solas con mi pareja en box, perpleja y preguntándome si sería capaz de comandar mi cuerpo a través de lo que parecía ser una quimera que debía culminar en el encuentro con mi hijo, sin más guía que mi propia respiración y el ánimo de mi pareja. A nuestro alrededor, otras mujeres en boxes similares formaban un coro de lamentos. La posición en la que estaba no me ayudaba y sintiendo que mi proceso de dilatación no avanzaba pedí que me trajeran una pelota de pilates. Tuve que insistir. Cuando me la dieron me senté sobre ella e hice ejercicios para relajar y desbloquear mis caderas, lo que me ayudó a lidiar con las contracciones cada vez más intensas, si bien no tan regulares. Quien ha pasado por uno de estos boxes sabrá lo reducido de su tamaño. Recuerdo vivamente la sensación de encierro y como ésta, pareciera provocar que mi cuerpo se tensionara aún más, lo que no me permitía avanzar. Mi anhelo de espacio en el que moverme y romper mi bloqueo se veía frustrado por la dimensión del box. Imaginaos la angustia. Mi cuerpo estaba bloqueado, agarrotado, comprimido y cerrado en sí mismo. Estaba sumergida en el miedo. Este fue el primer momento en el que sentí que quizá no fuera a ser capaz.

En diferentes visitas, espaciadas durante las varias horas que estuve así, las enfermeras me recordaban periódicamente que la cuenta atrás seguía. Mi tiempo se agotaba. La cesárea estaba cada vez más cerca. En este escenario, bajo la amenaza de la cesárea, me dejé persuadir para recibir la oxitocina que debería acelerar el proceso de dilatación. Anteriormente yo la había rechazado por lo invasivo de su efecto. Entendía que no era necesaria. Al fin y al cabo yo como mujer y según lo óptimo de mi embarazo y su condición de bajo riesgo entendía que sería capaz de generarla llegado el momento. No fue así. Mi cuerpo no marcó el ritmo. El protocolo y sus tiempos lo marcaron. Al recibir el suero inyectado en vena mis contracciones aumentaron de forma exponencial, por lo que el dolor se incrementó y pasó a ser insoportable. Mi energía se veía mermada y con ella mi moral. Me sentía agotada. A pesar de que mi pareja estaba a mi lado todo el tiempo mi creciente agotamiento hizo que me sintiera a la deriva, necesitaba más apoyo. Habían transcurrido ya más de 6 horas. Viendo que no avanzaba y siendo consciente de mi creciente debilidad traté de que dejaran pasar a mi madre y mi hermana. Me respondieron que el protocolo lo prohibía. Me sentí sola frente a una tarea que me estaba superando. La comadrona, que yo pensé sería la capitana de mi equipo, aparecía de vez en cuando para decirme que debía empujar, dedicándome apenas el tiempo que le costaba decirlo para, seguidamente, desaparecer tras las cortinas del box. Hubo momentos que sentí miedo, mucho miedo. Dudé de mí misma. Recuerdo mis ganas de llorar y de no ser capaz de aliviarme. Recuerdo sentir el llanto atorado en mi garganta y cómo parecía robarme el aire que tanto necesitaba. Sentir que tu pareja está contigo es importante, pero al afrontar un parto se necesita a alguien que sea capaz de transmitir la seguridad que da la experiencia y que, a la vez, sea lo bastante humano como para reconocer y proteger la fragilidad de la parturienta, dándole apoyo y sirviendo de sostén. Mi pareja, no pudo ser más amorosa y presente, pero yo necesitaba más apoyo.

 

Intentaba respirar para relajarme porque sabía cuán importante era la respiración pero francamente no podía. Sintiéndome cada vez más perdida, sin fuerzas, con un ánimo cada vez más decaído y con claras muestras de agotamiento llegó el aviso de que me quedaba media hora antes de que tuvieran que llamar al ginecólogo de guardia y trasladarme al quirófano para practicarme la cesárea. Me sentí desilusionada, agotada. En ese momento tiré la toalla. Yo misma me dije que necesitaba una cesárea. Recordarlo ahora al escribir esta crónica me pone en contacto con una tristeza que hoy reconozco pero que entonces me embargó y se apoderó de mí eliminando mi fe en un momento crítico. No obstante, incluso en los momentos de oscuridad quien ha tenido la fortuna de conocer la luz es capaz de reconocerla.

Tanto la ginecóloga de apoyo como el ginecólogo de guardia llegaron con una energía que contrastaba con el equipo anterior. Al presentarse, me tomaron la mano y en ese contacto mirándome ambos a la cara me dijeron que estaban ahí para ayudarme a traer a mi bebé. Yo los creí. Como si fueron los entrenadores de un equipo de baloncesto en el que yo jugara de pívot, ambos bajaron a la cancha conmigo y se pusieron manos a la obra. Sentí que se dedicaron a mí totalmente. Su determinación me transmitía la seguridad de la que me había sentido tan carente hasta entonces. Sus ánimos me dieron fuerza y con ella, se soltó el lazo que me ataba a la tristeza. Mi mente fijó un pensamiento activo: sentir a la otra parte involucrada, mi hijo. Al fin y al cabo este parto era cosa de dos. Tras varios reconocimientos, el ginecólogo decidió trasladarme a quirófano “por precaución”, según sus propias palabras. Antes de irse, volvió a cogerme la mano y decirme que creía en mí, lo que me reafirmó en mi empeño. No obstante, a las puertas de quirófano una nueva sorpresa, mi marido no me podía acompañar. Al ser separada de él y encontrarme con el comité de recepción vestido según el protocolo de quirófano, apenas mostrando los ojos, volví a sentir los ecos del miedo. Escuché cómo se le anunciaba al ginecólogo que todo estaba preparado. Acostada en una camilla dura y fría, tratando de buscar postura, oí la palabra fórceps y se me heló la sangre. No obstante, como comentaba antes, la confianza que me había trasmitido el ginecólogo me infundió fuerzas y me llevó a sentirme en contacto con mi hijo. Estaba concentrada en mi respiración y desde ahí, aún temerosa y exhausta, sabía que cada expiración me acercaba más y más a mi hijo. Lo sentía llegar y sentía que acompasábamos nuestros esfuerzos. Ahora sí, estábamos trabajando juntos y su llegada era inminente. Entonces, la enfermera, no sé si con la bendición del protocolo o no, salió a buscar a mi marido que apretó mi mano en emoción anticipando el primer llanto de nuestro hijo. Y su llanto se dejó oír. Finalmente, Apolo llegó. Y lo hizo de forma natural. Si bien no se empleó instrumental alguno, el ginecólogo, más terco aún que yo, me práctico la episiotomía sin advertencia previa, apenas sentí cómo me aplicaba presión sobre mi vientre con su antebrazo. La maniobra culminó con la llegada de mi hijo lo que, como os podéis imaginar, acaparó toda mi atención. Ver a mi bebé, arropada por mi compañero, y recibirlo sobre mi pecho eliminó el dolor y el miedo por completo. Lo habíamos logrado. Como cualquier otra mujer que ha vivido la experiencia del parto, ese momento pasó a convertirse en mi referente de felicidad plena. Mi vida cambió para siempre.

Tras el alta hospitalar y a pesar de las atenciones de mi entorno más cercano, mi nervio ciático se pinzó y me mantuvo postrada varias semanas. No hay duda de que el esfuerzo prolongado tras más de 12 horas de parto me pasaba factura. Si soy sincera, creo que el responsable real de ese dolor fue el miedo que sentí. Su mordida había dejado una huella en mi cuerpo. Había creado una memoria de dolor en mí.

A mi alrededor no había nadie con quien compartir lo que sentía y que pudiera ofrecerme la comprensión honesta y sincera que apenas quien pasa o ha pasado una experiencia similar es capaz de ofrecer. O eso me parecía a mí. Mi pareja era todo un compañero, pero qué más podía pedirle a él. Mi madre por más que quisiera ayudarme parecía incapaz de revivir su propia experiencia y compartirla conmigo. No había nadie a quien pudiera decirle que, por momentos, me sentía superada. Nadie que me ofreciera comprensión y diálogo en el que normalizar esas dudas, esos recelos, esas inseguridades y, con ello, hacerme más humana, más madura, mejor madre y persona. Sólo me quedaba la opción de “esperar a que se me pase”. No rechistar cada vez me parecía más difícil. Qué se lo pregunten a mi marido, a quien a esas alturas, estaba volviendo loco. Sentía como el desasosiego crecía en mí, el cual, gradualmente, asimilé como mi merecido premio por ser quien era, Patricia Pérez, la peor madre sobre la faz de la tierra. Si durante mi embarazo había descrito mi estado anímico como sensible, ahora no había palabras que describieran mi estado ni ánimo que lo sobrellevara. No era capaz de describir cómo me sentía. La intensidad y constancia de este nuevo estado me hacían vivirlo como algo diferente. Nada se le comparaba. Era sentir, y con ello temer, que cualquiera podía, y por tanto debía, decirme en cualquier momento, lugar y sin previo aviso lo patético de mi esfuerzo y mi necedad como madre. Y aunque en la práctica nadie era abusivo en sus comentarios, yo me mantenía en guardia, tensa, temerosa de un posible ataque. Dejé de buscar consejo. Temía que fueron respondidos con reproches, con críticas. Ese agresor, al que esperaba ansiosamente llegó por sorpresa, convertido en okupa invisible que se atrincheró en mi mente, con un megáfono en la mano y muy mala leche. Su discurso empleaba mi voz que, imperceptible para los demás, resonaba alto y claro en mi interior. Cada frase que me escupía tenía el efecto de lacerarme las entrañas, como si su saliva fuera de ácido. Así pues, me la pasaba rumiando gruñidos en público y dando muestras constantes de malhumor. Cejas apretadas en tensión perenne. Como se dice, la procesión iba por dentro. Y a mí casi se me escapaba el santo por las orejas. Eran tan repentimos mis cambios de humor que llegué a sentir vértigos. Y cuando ocurría era como estar sentada en una silla de sala de estar de respaldo alto y asiento de muelles tapizado que hacía las veces de banco en el cochecito de una montaña rusa. Sin aviso, mis piernas colgaban sobre un abismo vertical hacia el cual se inclinaba mi silla. No había agarraderas que aliviaran mi pánico. Era un viaje interminable en una montaña rusa anímica que me sacudía por los aires, me mareaba en centrifugados neuróticos y que, tras acercarme a las nubes, me tiraba después desde las alturas en una desesperante caída libre.
Me di cuenta de que debía hacer algo. En una primera respuesta, casi refleja, mi intuición me llevó a buscar testimonios de otras mujeres sobre su experiencia. Inicialmente lo más importante para mí era saber cómo se sentían las nuevas mamás. Necesitaba entender si mi experiencia de parto y la consiguiente sensación de trauma eran comunes. No obstante, a través de testimonios en foros descubrí también pormenores sobre diferentes opciones de dar a luz. Como psicóloga de formación y persona analítica que soy entiendo que necesitaba cicatrizar mi dolor y exorcizar los fantasmas del miedo. En este proceso tan personal, leyendo sobre las experiencias de otras mujeres, aprendiendo activamente sobre sus sentimientos, sus miedos, sus heridas y sobre las formas en las que habían traído a sus hijos al mundo, viví varios descubrimientos. El primero de todos fue descubrir que la depresión postparto era una realidad. No se trataba de sentir que “una había cometido un error al convertirse en madre”, se trataba de sentirse superada por las exigencias de la maternidad, no ser capaz de admitirlo y ni siquiera de contemplarlo. El miedo es tan acaparador que nos hace obviar el enorme poder regenerador que acompaña intrínsicamente a la maternidad. Ésta llega como una revolución, con la fuerza de la fusión del átomo, desintegrando cubiertas superficiales bajo las cuales se esconden residuos emocionales, con frecuencia rancios, que, así, quedan expuestos. Se da además cuando las fuerzas flaquean, la experiencia del parto aún es reciente, tu cuerpo es otro y tu mente se está reajustando a la nueva realidad. Es un compendio de sensaciones y sentimientos que, como todo cuadro depresivo, se manifiesta también en el plano físico. En mi caso, además de mi ciática, sentía que mis nuevas y múltiples responsabilidades tomaban la forma de una losa inmensa y pesada. Admitir que se es humana, mirarle a los ojos a tu propio miedo y, en lugar de ceder a su presión, confiar en una misma, no es la respuesta espontánea que nos sale a la mayoría. Antes tendemos a hacer lo opuesto. Yo la primera. Así pues, tuve que dejar que mi losa me reventara los lomos antes de admitir que, en efecto, yo tenía miedo y que ese miedo era mío y de nadie más. Mi losa particular era una alegoría relacionada con mi miedo a revivir con mi hijo mi propia infancia, pero yo, esta vez, en el papel opuesto al original. Al constatar el peso real de mi losa, al importar esos miedos de mi inconsciente a mi consciencia en sesiones terapéuticas con un profesional, (siguiente paso tras buscar testimonios), inicié un proceso de rescate del miedo y rencor encerrados en mi memoria de niña que mi hijo había despertado con su llanto. Fue toda una experiencia que merece su propio relato. Quizá un día llegue. Ahora, en mi presente, es una experiencia vivida. La cual me sirve de base para preguntarme qué madre no duda de sí misma y de su capacidad durante esas interminables primeras semanas en las que, por repetitivo, parece que tu bebé llora insistentemente y sin explicación apenas para desesperarte y quitarte el sueño, como si te estuviera poniendo a prueba ¿Dónde está la preparación para ello durante el embarazo? ¿Alguien habla sobre salud mental en alguna de las revisiones rutinarias? La ausencia de conversaciones serias sobre este tema eleva al cubo la sensación de alarma interior que muchas de nosotras, madres primerizas en plena resaca de un parto difícil, sentimos activarse en nuestras cabezas. Una alarma que nos dice: “Houston, tenemos un problema”, pero a la que no sigue la consabida tranquilizadora respuesta: “protocolo de respuesta en marcha, todos los dispositivos conectados y en orden”.
Por fortuna, otro de los grandes descubrimientos iniciales a los que llegué en este proceso es que ser madre es entrar en una dimensión diferente. Por más que intuyas durante tu embarazo que tu vida va a cambiar, nada te prepara para la realidad de la nueva dimensión a la que se llega tras el parto. Aquí, en la dimensión madre, el amor adquiere un valor tan evidente y obvio que, a momentos, parece palpable. Vaya sí es palpable, ¡es besable y achuchable! ¡Es tu hijo! En la dimensión madre, la lengua oficial es el amor. Y el amor practicado cura, cicatriza y renueva. Y el amor, si es amor, cuando se deja sentir llega con su serenidad plena, segura e innegable, como sol en cielo. Ni el golpe de la maza del cantero experto deshace las gruesas losas de miedo como la consciencia del amor las muele en migas ínfimas. Si el miedo es nuestra criptonita, el amor es nuestra génesis constante. Un buen día, dándole el baño de la tarde a mi hijo, recién iniciada mi terapia, sin que está hubiera dado ningún fruto aparente, cuando todavía inclinarme o levantar peso molestaban de sobre manera a mi ciática, al girarme con el pañal nuevo me di cuenta de que él, Apolo, me miraba y me sonreía. Estaba acostado de espaldas sobre la toalla, aún desnudo, mirándome tan sereno que me paró en seco. Me miraba tranquilamente en una calma plácida desde la que pareciera decirme: “tranquila, mamá, lo sé, sé que me quieres”. Por primera vez, después de haberme permitido divagar durante semanas, ancho y largo por todas las posibles e imposibles rutas encapsuladas en el laberinto de mi neurosis, unas hacia el pasado, otras hacia el futuro y a cada cual más emparanoyante, me encontré viviendo el momento en el que realmente estaba. Estaba en los ojos de mi hijo. Él me ofrecía una imagen de mí en presente fuera del miedo en el que mi mente me había enmarcado. Mi reflejo llegaba enriquecido de un amor tan fuerte y cierto que me desarmó. La losa que por pesada yo ya entendía como mía, cayó. Mi hijo me libró de la tristeza de recordar y del miedo de proyectarme hacia el futuro. Mi hijo me devolvió al presente.
La dimensión madre, el universo que no hace sino crecer según lo exploro, me sigue dando tanto. Las visitantes asiduas lo sabréis por las actualizaciones en mi página, las recién llegadas, bienvenidas seáis, lo descubriréis si seguís curioseando.
Otro de los importantes, vitales, descubrimientos que hice en mi proceso es la importancia de regenerar los referentes creados. Cuando me vi retratada en los ojos de mi hijo y me vi diferente, muy diferente de cómo me veía mentalmente, entendí que una imagen negativa apenas desaparece al tomar su lugar otra, que siendo fiel a la circunstancia que releja, sea positiva. De ahí, ahora desde mi vertiente más creativa, mi yo fotógrafa, me lancé a positivizar la maternidad, hasta entonces una experiencia de trazos duras. Lo llamo Memorias de Amor. Ni que decir tiene que la experiencia de crear memorias de amor para otras mujeres es tan terapéutico para ellas como para mí.
En esta ensayo-crónica que he querido compartir con vosotras sentía la necesidad de revivir mi parto y mis primeras semanas como madre tomando como pretexto la celebración del Día Internacional del Parto en Casa. Al releerme, compruebo cómo, todavía después de dos largos años llenos de momentos con mi hijo, revivir mi experiencia me obliga a detenerme, respirar y hasta suspirar para eliminar cualquier atisbo de amargura/rencor/miedo. No es fácil admitir la debilidad de una y menos en lo referente a la maternidad. Pero abrirme así me hace comprobar que de mi experiencia no queda apenas consciencia de mis propias debilidades, de lo ingenua que fui y lo poco preparada que estaba. No puedo sino aceptarlo y, con ello, sentir revigorizado lo que llegó después, el amor inmensurable que mi hijo me trajo y que crece en mi cada día.